miércoles, 14 de mayo de 2008

Póngale adjetivo

Llamaron tanto mi atención las siguientes incoherencias que aquí estamos

El
Universal publicó ayer en su página de Internet una entrevista al presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso –en clara simpatía editorial y bajo el título de: “Europa condena populismo”– en ella el entrevistado lanza un par de aseveraciones que, me parece, vale la pena recuperar pues resultan ser claros ejemplos de despliegues ideológicos, al menos de acuerdo a una de las principales formas de comprender este concepto.
Entonces, antes de pasar a señalar y analizar los dichos del “ilustre” entrevistado debemos estabilizar primero cuál es, en sus líneas generales, la forma y el contenido que le damos aquí al concepto de ideología –claro está que de igual forma se tendría que explicitar el contenido específico de conceptos utilizados por el entrevistado tales como legitimidad, populismo, izquierda derecha, etc–. Tomamos por ideología a los conjuntos de ideas que están orientadas a legitimar un poder político dominante, conjuntos de ideas característicos de un grupo o clase social que son falsas en tanto que sirven, sobre todo, para legitimar su poder por medio de una comunicación sistemáticamente deformada, que, además, desconoce su dependencia de la realidad social.
Debemos tener en cuenta que la falsedad de la ideología no radica necesariamente en su contenido. Como señala Slavoj Zizek la ideología, tal y como la definimos, “en cuanto a su contenido positivo, puede ser “cierta”, bastante precisa, puesto que lo que realmente importa no es el contenido afirmado como tal, sino el modo como este contenido se relaciona con la posición subjetiva supuesta por su propio proceso de enunciación. Estamos dentro del espacio ideológico en sentido estricto desde el momento en que este contenido –“verdadero” o “falso” (si es verdadero, mucho mejor para el efecto ideológico)– es funcional respecto de alguna relación de dominación social (“poder”, “explotación”) de un modo no transparente: la lógica misma de la legitimación de la relación de dominación debe permanecer oculta para ser efectiva.”1 Así pues, como señala este autor, el punto de partida de la crítica de la ideología debe ser “el reconocimiento del hecho de que es muy fácil mentir con el ropaje de la verdad.” Tómese como ejemplo lo siguiente. Cuando una potencia como los Estados Unidos interviene en un país del tercer mundo aduciendo que se conocen en éste violaciones de los derechos humanos, puede ser “cierto” que en este país no se respetaron los derechos humanos más elementales y que la intervención occidental puede ser eficaz en mejorar la situación de los derechos humanos, y sin embargo, esa legitimación sigue siendo “ideológica” en la medida en que no menciona los verdaderos motivos de la intervención (intereses económicos, etc.).” Señalado esto, pasemos a citar el par de "ideas" (ideotas) con las que sale el señor Barroso – todas las cursivas que aparecen son nuestras–:
1) En primera instancia en palabras de la afable entrevistadora, para Barroso “el futuro de América Latina es claro: no debe volver al pasado y es necesario que resista las formas de populismo y neonacionalismo agresivo que hoy se escuchan en la región.”
2) Así, según este representante del poder económico-político europeo “la cuestión ideológica no importa, se puede ser de izquierda o de derecha y ser al mismo tiempo demócrata”, lo fundamental es “detener el populismo, pues puede poner en riesgo la libertad de prensa y de expresión, valores sagrados para toda democracia.” En otras palabras, “es legítimo ser de izquierda, derecha y centro”, estar en cualquier parte del clásico espectro político-ideológico, siempre y cuando, “los planteamientos se puedan afirmar en un marco democrático con el pleno respecto (sic) a los derechos humanos y derechos a la oposición y todas las libertades fundamentales”.
Si bien para muchos es evidente el carácter ideológico de estas declaraciones, señalemos de todos modos algunas de las principales contradicciones lógicas de los argumentos esgrimidos en 1) y 2), así como algunas de las formas en las que estos ocultan o contrabandean ideas que contribuyen a la dominación existente. En lo que respecta a 1), en primera, destaca la linealidad y por ende la ingenuidad con la que se toma el tiempo histórico; con un progresismo a ultranza se teme al pasado, aunque a un pasado muy específico, que es tomado como inferior y negativo. Definitivamente no se guarda el mismo sentimiento por el pasado latinoamericano digamos de finales del siglo XIX en el que el liberalismo económico era la norma; ese pasado es el que en el presente sujetos como Barrosso añoran. En segunda, cuando el señor Barroso habla del
populismo da por sentada una negatividad cuasi natural, cuando de hecho entre los investigadores sociales existe un amplio debate acerca de sus características positivas y negativas. También se da por evidente la negatividad del nacionalismo cuando históricamente en materia de política económica ha sido una de la principales guías para los países europeos y para los Estados Unidos, verbigracia en la época del mercantilismo.
En 2) se vuelve a evidenciar lo incómodos que resultan los proyectos políticos del populismo y el neo-nacionalismo en Latinoamérica para la clase social a la que pertenece Barroso. En este segundo grupo de aseveraciones encontramos una de la principales incoherencias: según el entrevistado no importa la ideología que se profese siempre y cuando se sea “demócrata”. Naturalmente, aquí no se entiende la ideología en el sentido en que la hemos definido, sino más bien en un sentido mucho más vago: como un conjunto de ideas y creencias políticas orientadas a la acción. Ni que decir de que tanto el populismo como el nacionalismo pueden ser comprendidos también como fenómenos ideológicos. ¿Pero entonces que es la democracia, es acaso un principio que se encuentra más allá de las ideologías? Hasta donde yo sé la democracia es una producción histórica, una parte de la cultura política moderna –aunque como es sabido hunde sus raíces mucho más allá de la modernidad– y como tal, parte integrante de los fenómenos ideológicos. La democracia es pues una realidad que se constituye en la praxis, una realidad que no tiene una forma y contenido únicos ni acabados como pretende Barroso. Cuál es y cuál debe ser la forma y el contenido de la democracia es una pregunta abierta para los investigadores sociales, aunque el personaje entrevistado quiera hacernos creer que la democracia es una: la que los países europeos y los Estados Unidos han venid promoviendo desde finales de los setenta, la democracia representativa, procedimental, anti participativa y respetuosas del orden económico vigente.
Así pues, para personajes como Barroso no importa si un proyecto político en la Latinoamérica es de izquierda, derecha o centro; se puede soportar siempre y cuando se respete un conjunto de reglas básicas: la propiedad privada, la acumulación de capital, que la región continué siendo periférica, etc. Todo ello claro, expuesto de manera eufemística como “libertades fundamentales”, “derechos humanos” “derechos a la oposición” etc. Si se rompe con ese conjunto de reglas, de acuerdo a su razonamiento, ya no se existe en el espectro político legítimo (¿Qué entenderá por legítimo?). Estamos pues frente a la subjetividad de quien se beneficia del orden de cosas existentes presentándose así misma como el punto de vista “objetivo”, como el punto de vista correcto y natural: el populismo –lo que quiera que sea– es maligno para la humanidad, mientras que la democracia que yo promuevo es la única que puede existir y la única que beneficiará por completo a la humanidad.

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