sábado, 14 de marzo de 2009

Engels, Manchester y Nueva York.

1845. 164 años atrás, Engels cumplía 24 años cuando su primer libro fue publicado: “La situación de la clase obrera en Inglaterra”. En el momento de su publicación sin embargo, Engels ya habría escrito, junto con su reciente amigo Marx, “La Sagrada Familia” y “La Ideología Alemana”. Tres años antes, 1842, tras enlistarse en la artillería prusiana, su padre lo envió a Manchester a realizar “prácticas comerciales” para alejarlo de “las luchas ideológicas de la Alemania prerrevolucionaria”. Sin embargo, al pasar de un país agrícola al centro de la producción industrial capitalista del siglo XIX, Inglaterra, Engels pudo vincularse con la organización obrera más avanzada: el cartismo. Ese tránsito y tal vinculación, le permitieron además avanzar hacia el materialismo y más aún, hacia el comunismo. Y ello a tal grado, que un tal Marcus en su libro Engels, Manchester and the working class- asegura que si Engels se convirtió en comunista fue gracias a la ciudad de Manchester, y que en cualquier otra ciudad a lo mucho hubiera llegado a ser otro reformista. “Inglaterra –dice Engels, es el terreno clásico de esta revolución” y “Manchester es el tipo de la ciudad clásica industrial moderna”. Es por tanto, en Inglaterra y particularmente en Manchester, donde puede “estudiarse el proletariado en todas sus relaciones y desde todos los ángulos”.

Fue así que, trabajando en la empresa textil en la cual su padre era accionista, Engels dixit: “he renunciado a la sociedad y a los banquetes, al vino y al champán de la clase media, he consagrado mis horas de ocio casi exclusivamente al trato con simples obreros; me siento a la vez contento y orgulloso de haber obrado de esa manera”.

Después de su extensa Introducción, y sus numerosos prólogos y apéndices, Engels analiza la cuestión obrera y ello le permite desarrollar sus reflexiones sobre las ciudades industriales: “Es en las grandes ciudades donde la industria y el comercio se desarrollan más perfectamente, por tanto es allí igualmente donde aparecen más claramente y más manifiestamente las consecuencias que ellos tienen para el proletariado”.

Al comenzar, Engels expresa lo que a cualquiera le ocurre al llegar a una de estas grandes ciudades: “todo esto es tan grandioso, tan enorme, que uno se aturde y se queda estupefacto de la grandeza de Inglaterra aún antes de poner el pie en su suelo”. Pero inmediatamente, Engels deja claro que esto es sólo una apariencia y prosigue:

Por lo que toca a los sacrificios que todo ello ha costado, no se les descubre sino más tarde. Cuando uno ha andado durante algunos días por las calles principales, cuando se ha abierto paso penosamente a través de la muchedumbre, las filas interminables de vehículos, cuando se ha visitado los "barrios malos" de esta metrópoli, es entonces solamente cuando se empieza a notar que estos londinenses han debido sacrificar la mejor parte de su cualidad de hombres para lograr todos los milagros de la civilización de los cuales rebosa la ciudad, que cien fuerzas, que dormitaban en ellos, han permanecido inactivas y han sido ahogadas a fin de que sólo algunas puedan desarrollarse más ampliamente y ser multiplicadas uniéndose con aquellas de las demás.

A partir de aquí, una vez plenamente declarado el objeto de su análisis, desarrolla una serie de reflexiones en torno a la esencia de la ciudad moderna: Engels contrasta la potencia que significa el “amontonamiento de 3.5 millones de seres humanos en un solo lugar”, Londres, en contraste con la indiferencia que existe entre estos, “como si no tuviesen nada en común, nada que hacer juntas”, y expresa, entonces, la otra cara aparente de la ciudad moderna: lo “repugnante e hiriente” que resulta “esta indiferencia brutal, este aislamiento insensible de cada individuo en el seno de sus intereses particulares”.

Y lo que es cierto en cuanto a Londres, lo es igualmente respecto de […] todas las grandes ciudades. Indiferencia bárbara por todas partes, dureza egoísta de un lado y miseria indecible del otro lado, la guerra social por todas partes, el hogar de cada uno en estado de sitio, por todas partes pillaje recíproco bajo el manto de la ley, y todo con un cinismo, una franqueza tales que uno se horroriza de: las consecuencias de nuestro estado social. tales como aparecen aquí en su desnudez y ya no se asombra uno de nada, si no que todo este mundo loco no se haya desmembrado todavía.

Pero por supuesto, ya que esta guerra no es producto de una naturaleza maligna interna en los trabajadores ingleses (y lo que es válido para los ingleses… ), Engels analiza la formas en que la ciudad paga al trabajador: vivienda, vestido y alimentación. Al describir la vivienda Engels destaca que los barrios más pobres pertenecen a los inmigrantes irlandeses. Más tarde, en sus prólogos de 1886-87 abunda sobre la importancia que la presencia de inmigrantes tiene sobre las ciudades: evitan las explosiones sociales; reflexión hecha sobre la base de lo que ocurría en Norteamérica por aquel entonces: un millón de migrantes cada año, las revueltas de Chicago, las elecciones socialistas de Nueva York, etc. También en un prólogo, el de 1892, Engels habría de reconocer que la hambruna y la inmundicia que describe en las ciudades inglesas de los 40’s están en vías de extinción; su erradicación en las grandes ciudades modernas constituye una victoria que el proletariado arrancó a la burguesía con la revolución de 1848; esas situaciones sin embargo, se han extendido hábilmente hacia los espacios rurales hasta nuestros días, mientras que en las ciudades “el peligro” que representaban las “viviendas exiguas” para la salud de los trabajadores, simplemente se ha extendido y es toda la ciudad, y el sistema de ciudades global en su conjunto lo que ahora constituye un riesgo para la salud, no sólo física, de los trabajadores: "En Leeds, hallamos hermanos y hermanas y huéspedes de ambos sexos, compartiendo la habitación de los padres; el sentimiento humano se estremece al considerar las consecuencias que resultan de ello."

Engels finalmente llega a la cuna del capitalismo más puro y del proletariado más radical, cuyo mercado de valores “es el termómetro de todas las fluctuaciones de la actividad industrial, y las técnicas modernas de fabricación han alcanzado en Manchester su perfección”, una ciudad, que presume, “conozco como a mi ciudad natal -y mejor que la mayoría de sus habitantes”. Esta ciudad, prototipo como se ha dicho de la ciudad moderna, y por tanto del diseño urbano contemporáneo, es completamente comercial y relega a sus obreros a las ciudades que la circundan:

La ciudad misma está construida de una manera tan particular que se puede vivir allí durante años, entrar y salir de ella diariamente sin divisar jamás un barrio obrero, ni encontrarse con obreros, si uno se limita a dedicarse a sus asuntos o a pasear. Pero ello se debe principalmente a que los barrios obreros -por un acuerdo inconsciente y táctico, así como por intención consciente y declarada- son separados con el mayor rigor de las partes de la ciudad reservadas para la clase media, o bien, cuando esto es imposible, disfrazados con el manto de la caridad.

[…] Y lo más bonito es que los ricos aristócratas de las finanzas pueden, al atravesar todos los barrios obreros por el camino más corto, trasladarse a sus oficinas en el centro de la ciudad sin fijarse siquiera que flanquean la más sórdida miseria a derecha e izquierda.

Y por último, después de formular lo que se puede considerar como una ley de las grandes ciudades modernas, según la cual es posible “deducir del aspecto de las calles principales, el aspecto de los barrios contiguos” pero difícilmente “descubrir realmente los barrios obreros”, después de esa brillante aseveración que impide desde el momento en que se ha leído caminar por las calles de una gran ciudad sin descubrir su verdad, entonces Engels quiero decirlo, Engels desde 1845 en que caminó por las calles de Manchester, me roba las palabras:

Yo sé muy bien que esa disposición hipócrita de las construcciones es más o menos común de todas las grandes ciudades; yo sé igualmente que los comerciantes al por menor deben, a causa de la naturaleza misma de su comercio, monopolizar las grandes arterias; sé que por todas partes se ve, en las calles de ese género, más casas bellas que feas, y que el valor del terreno que las circunda es más elevado que en los barrios apartados. Pero en ninguna otra parte como en Manchester he comprobado el aislamiento tan sistemático de la clase obrera, mantenida apartada de las grandes vías, un arte además delicado de disfrazar todo lo que pudiera ofender la vista o los nervios de la burguesía.

Aquí reside el núcleo de todas las reflexiones que me ha incitado el recorrer por una semana Nueva York. Aquí encuentro el motivo de este escrito y la motivación de leer a Engels: El arte de disfrazar, que desde que llegué he querido denunciar para esta que me parece una horrible-ciudad, precisamente por su carácter hiper-segregado y discriminante, ese artilugio es elevado aquí y en todas partes a la categoría de ARTE. Y aquí deja de hablar Engels por mí. Porque esta ciudad Sí “responde a un plano preciso” y al contrario de lo que dice Engels, su “disposición [NO] se debe al azar”.

Es muy claro que el barón Haussman, quien planeó la modificación de las ciudades francesas después de la revolución y la comuna de París de 1848 y cuyas ideas inspiraron cambios en las ciudades de todo el mundo: como la apertura de ejes viales en la Ciudad de México después del movimiento de 1968, así como el proceso que se entrelazó -acelerando y frenando- con el movimiento de la APPO en Oaxaca-2006 (((los triunfos de la appo contra la policía se dan en las estrechas calles del centro, mientras su derrota “final” con el ejército ocurre en una amplia avenida de Oaxaca))) tiene una gran influencia en la construcción de Nueva York: –ese fue el tema de David Harvey durante su última estancia en México. Efectivamente como intuía Engels en 1845, “los industriales liberales […] no son enteramente inocentes de esa púdica disposición de los barrios”, en las modernas ciudades sus arquitectos han podido con lo que para Engels constituía un “verdadero desafío a toda arquitectura racional”.

No pretendo por supuesto que mis reflexiones sobre Nueva York pudieran ser mucho más certeras que las realizadas por Engels. Sino por el contrario insistir en que cualquier reflexión sobre las ciudades además de basarse en las de Engels, deberán tomar en cuenta además, qué es lo que ha cambiado en el capitalismo mundial desde que Manchester fuera su centro industrial. Yo creo, que así como Inglaterra constituye la forma pura del desarrollo capitalista, y Manchester la clásica ciudad moderna, y su proletariado puede ser considerado por tanto desde todos sus ángulos, así del mismo modo podríamos considerar a Nueva York y a su proletariado como otra de sus formas clásicas. Porque algo definitivamente ha cambiado en el sistema capitalista después de la revolución comunista europea, su contrarrevolución burguesa, la revolución socialista soviética, la depresión de los treintas, una segunda guerra mundial, y en fin, en los 150 años que implican el tránsito de la hegemonía inglesa hacia la hegemonía estadounidense en el sistema capitalista mundial.

En este momento me limito a subrayar el estrecho carácter nacionalista que tenía el proletariado inglés, en contacto apenas con proletarios irlandeses; hecho que llevó a Marx y Engels a reformular el lema de la liga de los justos y transformarla en la Internacional Comunista bajo la consigna “Proletarios de todos los países, Uníos”. ¿Y dónde y bajo qué circunstancias podrían unirse efectivamente los proletarios de todos los países? Yo creo que eso sólo puede ocurrir en un contexto de capitalismo globalizado, como el actual, y en un lugar donde converjan obreros de todas las nacionalidades, como esta ciudad.

Pero no estoy diciendo que Nueva York sea el terreno idóneo para la revolución comunista: así como tampoco fue Manchester sino París en 1848. Ello por dos razones. 1. La ciudad misma está construida de modo que unos no se puedan poner de acuerdo con otros: el obrero chino está tan lejos del obrero mexicano aunque en el metro vayan juntos. Cada quién lee sus propios periódicos y escucha su propia música, vive en su propio barrio y se relaciona con sus propias gentes. 2. Si el capitalismo inglés perfeccionó la explotación del obrero dentro de la fábrica, el capitalismo estadounidense lo ha hecho también fuera de la fábrica. No sólo en el metro con la cocacola que lo toma y el ipod que lo porta (ver tesis de Vanessa: geopolítica de la mercadotecnia) sino también en su propia casa (ver próxima tesis de Vanessa).

Lo que sí creo que puede ser cierto, es que el obrero social complejo se manifiesta en esta ciudad de manera más nítida que, talvez, en cualquier otra. No viste overall ni trabaja en líneas de producción; más bien tiene mil idiomas y mil rostros, múltiples costumbres y tradiciones; mil diferentes puestos de trabajo puesto que se encuentran conectados con las más diversas facetas del capital: limpieza, atención, seguridad, construcción, remodelación, diseño, control, administración, empaque, concertación, distribución, cobro… y no sólo de unas cuántas sino de todas y por tanto de las más distintas clases de empresas provenientes igualmente de todo el mundo, dirigidas a todas las fracciones de la sociedad global. Sus exigencias por tanto revisten las más variadas tonalidades y sentidos: son tan complejas como lo es él mismo y cómo lo es por tanto su dominación. Un lugar que podría considerarse como el centro de Nueva York, Times Square, donde se encuentra la estación de metro más grande, y por lo tanto el lugar más accesible a cualquier persona, se encuentra saturado de mensajes que difícilmente pueden ser comprendidos como medios de dominación.


1 comentario:

  1. Anónimo6:28 p. m.

    Muy bueno, e visto cada fragmento como si estuviese ahí, el tiempo paso pero las huellas del des humanismo aún perduran bajo la falsa globalización, que como dicen algunos estudiosos es la continuación del capitalismo, yo diría que a la convergencia de economías mundiales; desventaja de pueblos descentralizados y olvidaos.

    ResponderEliminar